José Caicedo decidió esa tarde evadir cualquier
compromiso importante de su cotidianidad y procrastinar un poco en el
casino. Aunque era un joven acomodado
económicamente, algo de dinero ganado
fácilmente no vendría de más. Fue al casino más cercano a su casa, el de
Cosmocentro, allí jugó y apostó; a la medianoche tenía un millón de pesos.
Juana no
entendía aún por qué José se había alejado, hace ya un mes que su ausencia se
estaba convirtiendo en una flagelante sombra
que la acompañaba. Ella estaba al corriente de que él sabía poco de
estabilidad. José pudo haberla amado, tal vez lo hizo en algún momento, pero
ahora era su soledad quien la acompañaba.
El millón de pesos y José fueron uno solo. La mayor
parte la gastó en Cristina, la bailarina, la mujer de rizos largos, de
piernas inquietas y largas, de dientes de menta, la de ojos intensamente
maquillados que simulaban la mirada de una gata. Su viaje por ella, y con ella
fue completo, tuvo la suerte y el dinero para encontrar el tan anhelado paraíso.
Sin embargo, pensó en Juana, en cómo gastar el poco dinero que le quedaba, en
utilizarlo en el usual café que los solía unir en las mañanas y las tardes.
Cansado de imaginar futuros posibles con Juana, va a la tienda y compra una Minora. El baño de su apartamento le parece un buen lugar. La cuchilla se desliza por sus muñecas, de a poco por sus venas, su encuentro con la muerte es solo cuestión de tiempo.
No fue difícil que José se matara, Juana logró
controlar sus constantes sueños con él, porque la soledad en la que estaba
sumida le había causado insomnio… lo mató en sus sueños, pero, en el mundo
real, prefirió que él mismo lo hiciera.
Maria
del Mar Astudillo Franco

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